C/ Tarragona, 15; metro palos de la frontera(linea 3)hay que reservar antes!
Telf.:IX-I-V-III-IX-IX-VI-IX-VI
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En unos tiempos en los que hasta los rincones son tan universal e instantáneamente accesibles como ilusorios, la presencia de un espacio único y preciso en ese entramado de lo virtual, como lo pueda ser un teatro de “rojo y oro”, se vuelve irreductible al reaccionar como revulsivo, y no sin cierta guasa, con las mismas fantasmagorías que acostumbraban a la decrépita sociedad “parisienne”del último tercio del siglo XIX. La cripta mágicawww.lacriptamagica.com) recrea ese espacio de la distracción y de presencias espectrales, antídoto necesario, me parece a mí, contra el tedio o la desilusión en este principio de siglo en el que ya apenas intuimos cuando se rozan nuestros ojos … (

Lámparas, espejos y suaves terciopelos revisten los muros de este espacio algo lúgubre y flotante, animado por sombras, reductos de luz de gas, que articulan sus tres palcos, el Real, el de Magia y el de Sombras. En torno a ellos, se dispone un reducido número de iniciados que acceden al teatro gracias a una clave secreta que da paso al asombro ante una linterna mágica, o ante antiguas cabezas de muñecos de ventriloquia, o ante efectos ópticos con espejos “fin de siglo”, o ante el destino, que aguarda en un oráculo inspirado en modelos franceses del siglo XIX, o, en fin, incluso ante espectáculos de hipnosis colectiva. Yo mismo confieso haber sido hipnotizado por unas manos sin cuerpo y una voz ahuecada en este teatro de hipnosis, aunque sin más prueba de ello que una reconfortante sensación física y ningún otro recuerdo.

Pases, miradas fijas, ojos cada vez más vagos, más cansados … ¡y ya está!. Así es como funciona este curioso fenómeno de la hipnosis: a la salida uno no recuerda ningua de las fantasmagorías de las que se supone ha sido víctima entre tanto “rojo y oro” : me pregunto, si quien en verdad las ha sufrido, no será más bien, aquel otro que obligado por tu supuesta “ausencia”, te las cuenta, o sea, quien en verdad afirma haberlas visto; pues ¿quién es víctima de la hipnosis sino aquel que participa plenamente de lo visible? ; ¿a quién se hipnotiza, sino a ese que, inmerso como lo está en la sugestión de lo ilusorio, nos relata algo, por lo que se ve, tan detallado como descabellado, un recuerdo construido, quizá por aquella voz hueca a la que uno juraría no haber escuchado jamás?. ¿Cómo estar, entonces, tan seguros, de quién demonios ha sucumbido o no al trance en tal teatro de sugestiones? ¿Cómo estar seguros, en definitiva, de quién ha estado “ausente”? : supongo que yo mismo, ¿o acaso quienes me acompañaban?, ¿ lo habremos estado todos?; y en tal caso, ¿ qué nos hemos perdido?, pero sobre todo,¿ dónde hemos estado?.Bastaría decir, que en otro lugar.

Efectos ópticos, reflexibilidades de lo visible y fantasmagorías, envuelven, como veis, al iniciado en La cripta mágica, y sin embargo, ese bienestar físico al márgen de las ilusiones … Pero si no me creéis, id y probad. Llamad antes y hablad con el vampiro de la puerta, que mucho me temo, ha dejado, como tantos otros que nos rodean, de morder cuellos y succionar sangre, de la que sin duda carecía, para alimentarse, ya de entrada, de nuestras ideas y nuestros recuerdos.

Antonio Navas.

LaCriptaMagica

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Intento alcanzar las cosas que no se me permiten utilizar, ver o disfrutar a causa de mi situación social, económica o temporal. Esto es la Escuela Ninja. Leyendo al revés las listas entro en inauguraciones y eventos, abriendo al azar una puerta sin marcar me encuentro en los bastidores de una función, exposición o cine, sin pagar. Pasar delante de la seguridad con zancadas llenas de intención y un propósito entre manos, canto mentalmente “Éstos no son los androides que estás buscando”.

Me camuflo y me sitúo con ventaja respecto al mundo que me rodea, con el propósito de alimentar mi arte con lo que pueda ganar de estas experiencias y así desbordarlas hacia los otros. Eso no es todo. Lo hago porque me emociona, me excita.

Parte de la Escuela Ninja es ganar acceso a los tejados. Dominios de Google Earth, de los pájaros, los gatos y la realeza, los tejados son el más puro reducto de “lugar salvaje e inexplorado” accesible para los que habitan la ciudad. De manera independiente a lo fácil o no de su acceso, me dan la sensación de haber conquistado un espacio, y de que todo lo que se despliega ante mis ojos es ahora mío. Son lo más cercano a una pura y vasta naturaleza virgen que tenemos en la ciudad, son el desierto que se extiende por encima de todos nosotros. Buscando sus tejados, entro en edificios altos y, en ascensor o por las escaleras, corro hasta lo más alto. Entonces, empujo la puerta que da acceso al tejado o tiro de una ventana. Si se abre, yo gano.

Diciendo exactamente dónde están se destruye parte de la emoción del descubrimiento, pero por otra parte el laberinto de la ciudad podría manteneros por siempre en tierra, así que diré tan solo unos cuantos tejados públicos para que el resto podáis encontrarlos por vosotros mismos.

Circulo de Bellas Artes; Alcalá, 42 Madrid (buena suerte) La

Casa Encendida: Ronda de Valencia, 2 Madrid (10-22 horas, todos los días)

Casa Granada; C/ del Doctor Cortezo, 17 (timbre 6thdel telefonillo) Madrid

UNED; C/ Tribuete, 14 Madrid (de Lunes a Sábado 18-00 horas)

Patio Maravilla; C/ Acuerdo, 8 Madrid (abierto cuando les parece).

Seann Brackin


Fijar al suelo de manera permanente los muebles que la gente abandona en la calle. Así, la ciudad es tu casa. Un sofá en cualquier esquina. Sillones, mesas para estar. Proyecto especialmente idóneo para el verano. Muebles viejos y nuevos darán el ambiente de todas las casas que nunca tuviste, y que ahora podrás tener. Juegos de mesa encontrados y juguetes abandonados podrán completar esta escenografía, destinada preferentemente al juego y al mirarlashoraspasar

Julia R. B.


El Ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid ha habilitado una abanico de centros en los que se ofertan actividades de ocio cultural y educativo: tiene bibliotecas, un auditorio, un programa de festivales diversos y otras ofertas. De igual modo, y debido a su proximidad al parque regional del Sureste, se invita al visitante a salir del área urbana e introducirse en increíble y diverso ambiente del parque natural. En cualquier caso, uno de los principales núcleos de actividad viene dado por el gran Mall o Centro Comercial en Rivas Futura, en el que las posibilidades de ocio y entretenimiento se encuentran todas aglutinadas bajo un mismo techo. Tal y como puntúa Ramón López de Lucio, haciendo una enumeración de fenómenos urbanísticos en las afueras de la ciudad, “los grandes centros comerciales implantados en los nuevos tejidos residenciales funcionan como “agujeros negros” que absorben proporciones muy elevadas de la actividad urbana potencial de la zona, haciendo inviable el comercio de proximidad” 1. De este modo, el visitante de Rivas Futura podrá tomar como opción el unirse a la corriente de asiduos al Centro Comercial, en busca de una película en los multicines y de las últimas rebajas en las tiendas de ropa o decoración; o también puede desembarazarse de este influjo de atracción y lanzarse en un recorrido por Rivas y sus calles. El pasear por los alrededores de Rivas Futura puede resultar tanto agradable por la tranquilidad que se respira por todo el vecindario como insustancial por la falta de actividad en la mayor parte de sitios. Todo depende de las propias expectativas. En cualquier caso, el echarse a la deriva a descubrir rincones y escenas de la localidad al estilo de Guy Debord, en una ruptura de los esquemas urbanos impuestos, siempre puede ser una experiencia valedera y enriquecedora.

Ban(lieu)e: El lugar en el margen: Rivas Futura

http://ellugarenelmargen.blogspot.com

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1 López de Lucio, Ramón; “Construir ciudad en la periferia: Criterios de diseño para áreas residenciales sostenibles”; Ed. Mairea (descarga del documento. pdf)


“!Cómo me gustarías, oh, noche  sin esas estrellas

cuya luz habla un lenguaje conocido!”.

Baudelaire, Las flores del mal.

Muy de vez en cuando, y  siempre que  la casualidad quiere,  irrumpe  a nuestro vagabundeo  entre quebradizo  y serpenteante,  arrastrado, quizá tontamente, por el dibujo que recorren   pié y  mirada hundidos en la orilla,  el encuentro fortuito  con algo que, de “impre-visto”, ha sido arrojado desde esa grieta de equilibrios que separan  memoria y olvido .

Objetos. O mejor: cosas;  las cosas mismas  que de pronto y all´ improviso, se nos han hecho presentes. Me apresuro entonces a decir que “hoy he tropezado con…”  tal o cual cosa”. Y si  resultase ser un fisionomista, me habría llevado  el desvarío a analizar tan objetivamente como la cosa me permitiese, todos y cada uno de los detalles, tanto de su historia como de la mía, que hasta el momento del encuentro transcurrían tristemente por separado, pero que  bastaba  un instante de azar, para que cobrasen  sentido único  mediante la casualidad del tropiezo mismo: ¡Tropezar!

Y tropezar en esos límites o contornos de la nada,  tierra y mar,  “lugar del comercio más fúnebre e incesante” como decía el Sócrates de Valéry, aunque no por ello indiferente a cualquiera que sustraído en el mirar infinito, camine por esta espiral de profundidades y superficies; de certezas y de azares, de  incertidumbre del existir. ¿Cuántas veces, levantando la mirada al horizonte, cada ola ha sorprendido  la inquietud de nuestras manos  en el barro?    En ese tiempo de la marea, un tropiezo; en cada tropiezo un tiempo que nos detiene. Tropezamos para saber de cuánto tiempo estamos hechos, o al menos, que es de tiempo de lo que nos hacemos. De sobresaltos, o si se quiere, de  “contratiempos” que nos hacen  recobrar el sentido,  o como suele decirse:  “bajar de las nubes”  para entrar en ese otro trance o conciencia de finitud, de ahora, conciencia de cambio: ¡Tropiezos!.

Quizá no hayamos ido muy lejos. Pero en cualquier caso,  nos aseguramos que lo que ha sido arrojado por el mar,  ahora va y viene en la orilla enroscándose, envolviéndose en cada pliegue de la arena, en  un ir y venir que, a la par, va formando sus propios pliegues, su propia piel; unas veces recreándose en sus dobleces, otras estirándolas, desplegando toda su memoria, haciéndose, propiamente, afuera y adentro, memoria y olvido en la espiral de sus tropiezos. Cada pliegue, cada contorno, especula con los límites del cuerpo. La distancia entre ellos, confunde a la mirada, la emborrona y  produce cierto espejismo, algo así como el viejo efecto de sfumato que, en cualquier caso, nos permite respirar en el plano de la pintura una espesura, un nublado, distancias… Y sin embargo, tras haber tropezado con ese cuerpo, y  ya dejado atrás, no parece quedar más que su  residuo,  puede que hasta  su sombra.  Y como  toda sombra, ésta, también reclama la ausencia de su cuerpo: el resto,  o sea, lo que falta y no lo que sobra. Por eso, creo que  nos sabe tan mal un desencuentro, porque al fin y al cabo, es su sombra la que se nos queda en la boca…  Pero no vayamos ahora a perder la cabeza por una sombra, que hay otros tropiezos, aunque seguramente los menos, que vienen acompañados de la esplendorosa luz que se abre paso, cuando de pronto y sobre nuestras cabezas, desaparece  el espeso nublado que cubría el cielo. Entonces se acortan las distancias, y la línea del dibujo se hace tan evidente como un desnudo de Ingres.

Líneas, borrones, tropiezos…

Otras veces, en cambio, tenemos algo tan presente que acabamos por encontrarlo prácticamente en todas partes, “hasta en la sopa” (otro lugar de tropiezos…), como las obras en Madrid y, sin embargo, nada “nuevo”. Ahora le ha tocado también a la calle Serrano: me pregunto qué mejoras necesitará con tanta urgencia una calle como esta. ¿Simple capricho? Puede ser. No sé. Aunque bien pensado, el hecho de ver en obras una arteria de divisiones como esta, que ahora quiere agrandar sus aceras,- quién sabe si para hacer más evidente su “noli me tangere” y deje entonces  transitar  el vértigo de toda esa preocupación económica que, de momento y con tanta pasión en su  obrar,   seguirá teniendo torpemente,-  tiene  algo de  ridículo, ¿no os parece?: El Corte Inglés entre escombros. ¡Menuda broma! Aunque quizá no haya nada tan moderno, y parece que de lo moderno a lo ridículo hay tan sólo un paso, como esto otro que  solemos decir entusiasmados, o engañados, quizá sin saberlo,  por el oleaje del cambio: “Renovarse o morir”. O Ser modernos por fatalidad, lo mismo da. El caso es que “no nos queda otra”, habrá pensado también el ayuntamiento de Madrid. Y lo que puede ser aún peor, y que oía decir no hace mucho cada vez que  se encendía la tele:  “… Madrid: una ciudad de vanguardia…”

Lo miremos por donde lo miremos,  las obras de una ciudad son uno de esos lugares propicios para tropezar. Es allí, en el obrar, quizá más que en ningún otro sitio, donde esté el cambio. Allí nos sentimos en la brecha, pero también advertimos que bajo todo ese asfalto, tuberías y cables, debe haber de verdad, Tierra; un poco al menos. ¡Y no digamos ya en la calle Serrano!. Aunque  tengo la sensación de que en este tramo parece que hubiese que escavar muy profundo para encontrar eso que tanto ansiamos. “La tortura y el dolor de la Tierra- decía Ruskin- parecen necesarios para que saque toda su energía”. Pero alejémonos ahora de torturas y dolores, que ya hemos tenido bastante con los de Bacon, y que por suerte, nos abandonan entre los interesantes pliegues de sus fotografías. Otras veces resulta mucho más fácil y placentero cuando menos te lo propones. Aunque eso sí, suele ocurrir “muy de vez en cuando” y con la casualidad de por medio, o de lo contrario,  no será: hundir el pié en el barro de la orilla, hundir el trazo de la mirada y  encontrarse de pronto un guijarro. De una grieta a otra. De la orilla al bolsillo para alivio de unos dedos hasta los nervios. Otra textura más que tocar además de la doblez de la costura: el pliegue o el dorso de las cosas.

Precisamente de estas fracturas que en Madrid están por todas partes, emerge, eso que  dais a ver en vuestros relatos: lugares, acontecimientos, cosas donde, según creo, palpamos. Y “palpamos”, a mi entender, porque” palpitamos”. Porque en todo  palpar, en todo palpitar, hay siempre algo de premonitorio, de corazonada, como cuando acariciamos un cuerpo desnudo. “Aquí”- escribía Paul Valéry en El cementerio marino- “junto al corazón”. Decimos entonces que nos con-movemos, como nos conmueven las esculturas de Rodin, que como sabéis, no hace mucho miraban al Paseo del Prado.  Y nos conmueven, al menos a mí, a pesar de que  haya quien, para celebrar el acontecimiento, escriba sobre su “parecido”, y diga de éste que era más “banal y más vulgar” que  Giacometti. ¡Asombroso! Sobre todo  cuando para ambos, el sentir  del modelado,  era tan importante que nunca dejaban de tener entre manos un poco de barro, un poco  de yeso que calmase la ansiedad de sus dedos febriles. Así recuerda Rilke a Rodin, Genet a Giacometti. En todo caso, diría entonces, que tanto el uno como el otro eran igualmente banales, igualmente vulgares; que sin perderse en ideas y conceptos no dejaban de tocar, tocar y tocar, como quien acaricia, una vez y otra vez más,  un cuerpo desnudo. ¿O  acaso  en escultura uno no se mancha las manos? Banalidades, vulgaridades…

Más o menos así,  banal y vulgarmente, fue  como encontré el sitio del que os quería hablar, y que ya va siendo hora  que os invite a descubrir. Es un lugar de encuentros. O al menos así me lo pareció el día que bajo el efecto narcótico que impide detenerse al paseante, casualmente, pasaba por allí. Según creía entonces, este sedante tenía que ser por  una especie de impulso o instinto de vuelo, que nos proporciona la certidumbre de una libertad aérea sin vértigos, aunque no por ello, ni mucho menos, carente de dinamismo. Acabé cayendo en la cuenta, de que en este sentido, la experiencia más primitiva es la del ala en el talón: Mercurio.” El impulso de vuelo está en los pies”, me dije, y el vuelo cobra sentido en todos y cada uno de sus pasos, en la caída de cada uno de ellos, en cada pisada, en cada huella, en cada “con-tacto” ,de la misma manera  que  ahora cae el lápiz sobre el papel,  cada ojo en cada letra…  Es más, puesto que el vuelo cobra sentido en la caída, cabría decir que porque caigo, entonces  vuelo. O dicho de otro modo: se vuela al caer.  Y  si bien es cierto, que si hay alguien que ha caído, ese ha sido Ícaro. Si hay alguien que de verdad ha volado, ese es Mercurio. Porque él, Mercurio, es quien transita, y quien, en su tránsito y  sin avisar, de pronto, aparece. El mensaje, que quizás ahora no nos importe tanto, se hace presente, cobra forma; y su transitar, sentido.   Este sentido recobrado de su existencia  tiene lugar en el hecho de tropezar, en un instante, “con tal o cual cosa”: todo el vivir pendiente de un solo punto,  que es  a su vez,  infinito.

Pues bien, a lo que iba: el caso es, que este despiste me hizo acabar por ¡tropezar! al final de la calle Esperanza con una puerta blanca entreabierta y que, tras unas rejas de aluminio, el viento cerraba. Llamé al timbre y mientras estaba dentro me repetía eso que siempre suelo decir, que “dónde hay un trapero hay esperanza”.  ¿Azar, casualidad, olfato?

Se trata de una casa-local donde estar un rato, sentarse a tomar un café,  tomar algo… Sin licencia y sin nombre, os podéis imaginar cómo está amueblada: mesas, sofás y sillas recogidas de la calle o justamente, de la basura. Igual que la costa, otro lugar de comercio fúnebre e incesante donde las cosas pierden  el nombre, pero que estos “traperos”, han logrado recuperar. Y aunque no las hayan liberado por completo de su  servidumbre, sí al menos, han sabido devolverlas a su “estar”.

A pesar de que ahí dentro no pase nada, es un sitio moderno y como todo lo moderno, no sólo es sorprendente, sino que en cierto modo, también es desconocido, y por desconocido, desconcertante.  Porque la modernidad, la novedad, no  debe ser otra cosa que una “noche sin estrellas”, o al menos,  sin “esas”, las del lenguaje  del que nos  habla Baudelaire.  Y sin embargo,  no por ello,  ni mucho menos,  carente de luz  aunque  en este caso se trate más bien de penumbra.

Pero es cierto, que a pesar del brillo de lo nuevo, cuesta, sin embargo, imaginar una noche sin estrellas. Alguien dirá, y con cierta razón, que en Madrid ya estamos acostumbrados… Pero éste, es uno de los pocos lugares en los que he podido ver  el despliegue y  repliegue del lenguaje hasta convertirse en plano, en afuera, en memoria absoluta y en olvido. Es así como me explico que en esta noche, ya sin estrellas, su afuera sea inactual; es decir, que se viva intempestivamente en el presente, dejando que el ayer sea ayer y el mañana, mañana. Mientras que  al mismo tiempo alberga en su adentro los residuos de lo moderno, que de una manera o de otra, han ido a parar allí para ocupar un espacio, un “estar” en la sombra.

Una última cosa   para terminar , a cerca de este lugar de pliegues y sin nombre, y supongo que al no tener nombre,  tampoco límites: que al llamar para entrar, ¡se enciende una bombilla! ¡Sorprendente!  Porque  claro, ¿qué casa se concibe sin lámpara, qué lámpara  sin casa? Las lámparas como la llama de una vela son lugares a los que volvemos, lugares que convocan un tropiezo, un nuevo encuentro. Basta un instante para que las sombras  en el techo  amplíen los límites, y las  imágenes sean  – como escribió Franz Marc- “un emerger en otro lugar”.

Desde este otro, y de momento, hasta aquí. Pues, quién sabe qué es lo que nos hace detenernos, y encontrar algo o a alguien en mitad de una calle de este  “Madrid0”; de esta ciudad de encuentros ocasionales, de tropiezos, donde sin saber porqué,  hay quien se empeña en ensanchar las distancias, o en acortarlas, como decía más arriba,  cuando se abre el cielo por una suerte, siempre inexplicable, de “campos magnéticos” o de “dictados mágicos”… Así que, como Rodin o Giacometti con la arcilla, manoseado, arrojo  de nuevo   el objeto , la cosa al mar de dónde provenía; para que, cuando por azar regrese de nuevo a la orilla, alguno de vosotros la encuentre, llame al timbre,  y entonces, se encienda la luz.

Antonio Navas.

Abren a eso de las ocho.

C/Esperanza, s/n.


Lo primero que se visita al entrar es el llamado Salón grande, y su examen debe empezar por las anaquelerías que forman dos órdenes de armarios elegantes y de circunvalación: el primero, que arranca desde el suelo hasta respetable altura, y el segundo, situado encima del anterior, y rodeado de una cómoda galería. En los primeros armarios del suelo, á la derecha de la puerta de entrada, hay cuatro grandes lienzos, donde se encuentran representadas las diferentes fases de por que ha pasado la formación de nuestro planeta, desde los primeros estados de la materia, hasta la aparición del hombre…

Así comienza la descripción del Museo Antropológico del Doctor Velasco publicada en 1875, el año de su fundación. No es difícil imaginarse el ambiente abigarrado de este museo decimonónico en cuyos armarios se mostraban fósiles, esqueletos tanto de humanos –…uno de negro, otro de negra, el de un célebre criminal que á los veintiocho años había cometido catorce asesinatos, y el de una mujer raquítica cuya historia médica es sumamente importante.- como de animales, frascos de formol con piezas anatómicas, etnografía, muestras de historia natural, teratologías varias –…dos ovejas con una sola cabeza, otra con seis patas… una perdiz que se crió sin plumas en el cuerpo, el cual estaba teñido de un color rojo de fuego; otra con varias patas, alas múltiples, dobles cabezas…-etc.

Levantado en un edificio con aires de templo griego junto a la estación de Atocha, poco queda ya, sin embargo, de este Museo que nos recuerde cómo era en el siglo XIX. Los sucesivos cambios de titularidad y los traslados de colecciones a otros museos han transformado este Museo fundado en origen como museo de antropología en un museo de etnografía, que sigue conservando, ya con categoría de nacional, su primitivo nombre.

Este es un museo singular desde su creación ya que fue fruto del empeño personal del doctor Pedro González de Velasco, siendo posteriormente adquirido por el Estado y convertido en Museo Nacional en 1910.

La figura del doctor Velasco es conocida sobre todo por una leyenda negra que circulaba por el Madrid de la Restauración, leyenda promovida por los sectores más conservadores de la época que no veían con buenos ojos las ideas liberales y de progreso del doctor. De éste se llegó a decir que embalsamó a su hija Conchita, muerta a temprana edad, y que sacaba su momia de paseo por Madrid, a la ópera y que cenaba con ella todos los días. Se ha llegado a decir que una de las momias que se conservan en la Facultad de Medicina de la Complutense es la de Conchita, pero lo más probable es que se encuentre enterrada en el cementerio de San Isidro junto con sus padres.

Modificado el planteamiento inicial de su fundador, sin embargo, sí que se conserva todavía una sala dedicada a los orígenes del Museo y que permite acercarnos a lo que fue el primitivo Museo de antropología del doctor Velasco. Conforme entramos en la sala lo primero que nos llama la atención es el yeso de Agustín Luengo Capilla, más conocido como el “Gigante extremeño”, nacido en 1849, y que con 2,35 cm. de altura sigue siendo el hombre más alto de España. El doctor Velasco le sacó del circo donde se ganaba la vida como atracción a cambio de una renta diaria con la que se trasladó a Madrid a llevar una vida licenciosa, consciente de que le quedaba poco tiempo de vida a causa de una tuberculosis ósea que acabaría con su vida a los 28 años de edad. En la misma sala se conserva también su esqueleto en una vitrina.

El interés por los “cuerpos inusuales” venía de antiguo, alcanzando un gran desarrollo en el siglo XVIII, siendo ejemplo de ello un lienzo que representa a un “negro pío”, datado en 1786, y que nos muestra una rara enfermedad de la piel que provoca que el cuerpo sea de dos colores, blanco y negro. Ese mismo interés llevó a traer, también en el siglo XVIII, y procedente de las Islas Canarias, a la única momia guanche que se encuentra en exposición en Madrid. Procedente de las colecciones de la Real Biblioteca, desde 1776 estaba depositada, por orden de Carlos III, en el Real Gabinete de Historia Natural hasta su traslado a este museo en 1895.

Diferente interés muestra la colección de cráneos expuesta en dos vitrinas y que muestra el interés que alcanzó durante el siglo XIX la frenología, ciencia que buscaba definir el carácter y la personalidad de las personas a través de la forma del cráneo. Hace tiempo que la frenología dejó de considerarse una ciencia, sin embargo queda como muestra esta selección de cráneos de los que destacan 3, procedentes de las islas Vanuatu y que son una muestra de las prácticas funerarias de estos pueblos del Pacífico que mediante telas, conchas o barro intentan devolver a estos cráneos el aspecto que tuvieron en vida.

Por el resto de la sala se acumulan objetos de las primitivas colecciones decimonónicas, como moldes de escayola de las razas del mundo, otro molde de un pirata ajusticiado chino, las cartas que el doctor Velasco recibió de Darwin o unos esqueletos de monos que se utilizaban en las salas de anatomía comparada.

Raúl Martínez


Si bajamos por la Gran Vía, veremos a lo lejos un monumental edificio, el Círculo de Bellas Artes, ordenado en torno a tres ejes paralelos a la calle Alcalá, superpuestos unos a otros, y que pese a ser todos ellos formas que se caracterizan por su horizontalidad, como el cubo o el cuadrado, acaban dando una sensación de verticalidad asombrosa. Esta sensación se consigue gracias a la última parte, el mirador que Antonio Palacios colocó a la derecha de uno de los miles de cubos que lo conforman, un lugar que se eleva por encima de las cabezas de todos los paseantes de Madrid, de muchos de los edificios que tiene a su lado, un dedo de Dios que apunta hacia arriba, bien alto, siempre hacia el cielo.

El edificio de Antonio Palacios no es una construcción sin más , sino un juego a gran escala, un cubo de Rubik, compuesto por distintas piezas siempre en constante movimiento, que se acoplan y se intercambian unas con otras, transformándolo todo según el punto de vista desde el que miremos. Un cubo que este arquitecto dejó inteligentemente a medio hacer, no llegando a montar nunca sus piezas del todo, para permitirnos así jugar con él, y al hacerlo volvernos nosotros mismos arquitectos, dejándonos construir a través de nuestra mirada. Se trata de un edificio que incita, descaradamente, al juego, a jugar y a mirar, retándonos a un mismo tiempo, dándonos la oportunidad de probar suerte e intentar acabar el juego, encajando todas sus piezas y creando un engranaje cerrado. Pero es justo aquí donde reside la magia del edificio, que como todos los juegos, también tiene su trampa, y esta reside en la imposibilidad de acabarlo del todo, dejándonos siempre insatisfechos y con ganas de más. Inteligente propuesta la de Palacios, que logra así crear un elemento vivo, que se camufla en la vorágine de la ciudad, aportando un movimiento constante a una metrópoli que se transforma, se destruye y renace día a día.

Avanzando entre la masa de gente volvemos a ver nuestro cubo, desarticulado y desestructurado al final de la calle, el juego acaba de empezar. Las distintas piezas se encuentran ahí, ante nosotros, pidiendo nuestras manos, o más bien dicho, nuestros ojos, para empezar a moverse, y lograr, si es posible, llegar a una unión y una conversación plena. Las tres piezas del rompecabezas encajan pero no componen un bloque perfecto, sin embargo a medida que vamos bajando por esta calle madrileña, acercándonos más y más, se pone en marcha un complejo y oculto engranaje que va haciendo que todas y cada una de las fracciones del juego se vayan moviendo, moviéndose y ordenándose, subiendo y bajando, creando una arquitectura dinámica y viva, que respira y que siente, porque ¿Qué es la arquitectura sino eso? No es simple piedra, fría y sin vida, sino que es un elemento más de la ciudad, un elemento más de nuestra vida, que vive y que crece, marcada y marcando nuestro ritmo.

El Círculo de Bellas Artes es sin lugar a dudas uno de las casas más vivas y con más movimiento que se puedan ver en Madrid. Las tres piezas del edificio se van juntando, alineándose unas con otras a medida que vamos bajando por la Gran Vía, el Círculo siempre se ve de fondo, marcando el final del camino. Después de andar un buen rato y cuando casi cruzamos Alcalá, las distintas partes que forman este complejo engranaje se han unido al fin, han formado un cubo de Rubik en el que los cuadrados de colores se sustituyen por miles de ventanas, todas alineadas unas con otras. El trabajo parece ya completo, pero ¡ojo! un paso en falso y todo el orden que parecía tan establecido vuelve a desmoronarse. Si hacía cinco minutos al mirar hacia el edifico de Antonio Palacios, el torreón parecía haberse alineado con el resto de estructuras, ahora el panorama es muy distinto, estamos en la fachada lateral, en la calle Marqués de Casa Riera y la vista desde aquí es realmente distinta, de pronto, y como no podía ser de otra manera, el Círculo entra en el círculo, dejando el cubo de ser cubo y fundiéndose los volúmenes racionalistas con la voluptuosidad y la sensibilidad de las formas cóncavas y convexas. Antonio Palacios realizó en esta fachada un auténtico homenaje al Altar de la Buena Fortuna de Goethe, el cubo y el cilindro, la razón y la pasión. Si hasta ahora solo habíamos visto líneas rectas, horizontales y verticales, estructuradas y matemáticas, de pronto un nuevo horizonte se abre ante nosotros, y está bien que haya sido tan tarde, porque nos ha pillado desprevenidos, y resulta casi un aviso, ¡Atención!, en esta casa la razón tiene su sitio, pero no solo de razón vive el hombre y esta es sin lugar a dudas la casa de la pasión. Solo tenemos que esperar un poco para entrar y comprobarlo, al toparnos con su alucinante y sinuosa escalera

El arquitecto construyó un edificio que invita a jugar, y en vez de colores, tapizó su Rubik con miles de ventanas a través de las cuales contemplar el espectáculo de fuera, la ciudad, sus luces, sus carteles, su tráfico. Ventanas que logran iluminar Madrid desde dentro, la luz de la razón, la luz de la pasión, la línea y la curva.

Antonio Palacios creó un edificio vivo, orgánico, que aun estando muy en la línea de las propuestas de Adolph Loss, no puede dejar de compararse con el Monumento a la Tercera Internacional de Tatlin. Un edificio en movimiento, compuesto por distintas partes que se necesitan unas a otras y que se complementan a la perfección. Dos edificios que se sostienen gracias a la permanente lucha y tensión de contrarios. Cubos que se superponen a rectángulos que se engarzan con círculos y que dialogan, entablando una conversación maravillosa y muy viva en la que nosotros siempre tenemos la última palabra.

Leticia Fdez-Fontecha