Un jardín excéntrico

08Aug09

Y no lo digo sólo porque El Capricho, que es del que voy a hablaros, esté a las afueras, sino además porque en lo que de extra-vagante tiene, incita a un tránsito que se va haciendo gradual y paralelamente misterioso, y por misterioso, tan pintoresco e interesante como atractivo y apasionado. Más aún, y como dirían en el siglo XVIII por “rizar el rizo”, El Capricho es un jardín de desvergonzado y agradable asombro por su  “infinita variedad”. Pero vayamos antes por el centro: ¡La cabra tira al monte!. Y por cierto, que lo viene haciendo desde tiempo inmemorial. Tanto es así, que de ello, mirad por dónde, vinieron a acordarse los Duques de Osuna al proyectar a su antojo, o más bien al de la duquesa, éste sorprendente jardín situado al noreste de Madrid en 1787, en  la llamada entonces Villa de Alameda . En su implante participaron sobretodo jardineros franceses, en especial  J.B. Mulot, que traía bajo el brazo la experiencia del Petit Trianon de Versalles;  pero también pintores y escenógrafos italianos como Tadey, y arquitectos a secas, entre los que destaca el paso efímero de Villanueva.

Proyectar un Jardín de Capricho, o dicho al revés y por enredarlo un poco más, meter “cabras en un jardín”, no debía tener otra intención que la del despliegue de los deseos; o  al menos, eso sí,  su puesta en marcha dentro de un laberinto de placeres y sensualidades que difícilmente pudiesen pasar desapercibidos a cualquier ojo, a cualquier mano, y cumplir entonces, muy al contrario y siempre por sorpresa, los anhelos que cada cual  habría tenido por antojo, aprovechando  los que ya estaban por ahí desperdigados y escondidos templete de bacoen este trozo de naturaleza. Y así, el templete de Baco al que adorar en torno, sentados y por parejas, rindiendo culto a la escultura del dios que en principio sólo se toca con la mirada ; o paladear los conciertos para violoncello de Boccherini en el Casino de Baile; asistir a  obras de teatro en las faldas de cualquier ladera; ruinas y  un fortín que no defiende nada; tiovivos, incluso, o un lago con embarcadero y hasta un abejero donde observar cómo “las laboriosas” fabrican una miel que endulza, pero que no empalaga lo suficiente para aquellos que, como los duque de Osuna, participan con total satisfacción de tales espectáculos de lo visible. 

 Aunque eso sí, para “en-capricharse” bastaría recorrer con la mirada en la mano las líneas sinuosas que dibujan el jardín y que nos conducen a la caza del capricho. Así que, digo yo, que más le valía al artista del XVIII ser original, o al menos serlo tanto como lo fuera una cabra,  y de ahí que al pintor de lo nuevo, o sea de lo raro, se le comenzase a llamar pintor de caprichos.  Y es que, precisamente, habiéndose hecho pasar por “capra” (lat.) acabó pervirtiendo los caminos a su antojo, a su “capr-icho”, logrando hacer de los suyos, excéntricos deambulatorios. En este sentido, a diferencia de las ovejas o del cordero, como es el caso del cordero místico, de sobra conocido por todos y más aún por quienes lo hayan seguido en fila y en orden, la cabra, muy a su gusto y de suerte que no la fueran a confundir con un borrego por seguir al manso, se sale del camino para trepar por donde puede: ¡a la deriva!. De lo contrario, no vería rojo allí donde , por lo visto el resto, ve azul. ¿Ridículo? Tal vez. Pintoresco, seguro. ¿Absurdo? Alguien podría pensarlo del ermitaño que los duques de Osuna tenían en, y a su Capricho: fray Arsenio, una cabra en el jardín, cuyo recuerdo, el cenotafio erigido en forma de pirámide junto a la ermita que rcaprichoegentaba,  hace elocuentes sus meditaciones observadas por los “amigos del palcer” de la villa de Alameda.

Pero para mí que de lo que en realidad consistía El Capricho era simplemente de encapricharse. Y hacerlo, además, viendo y tocando a un tiempo aquello en lo que entonces consistía la Belleza:  líneas onduladas y serpenteantes, simulacros, al fin y al cabo, de caminos de “cabras” que por estar a su capricho en El Capricho, o sea, por todas partes, no llegaban, sin embargo, a ninguna; lo cual tampoco es algo que nos importe demasiado, y sí, en cambio, el hecho de que se enreden unos con otros con la misma facilidad con la que lo hacen los hilos de lana en su cesta de mimbre … Y es que al igual que para la mano que se “extra-vía” en la cesta, la ocupación para las cabras que lo hagan en el Capricho no será otra que el placer mismo; y para éste a su vez, el de la complejidad de la mera búsqueda,  la curiosidad en sí, que se intensifica enredándose en los felices y graciosos reveses que las sorpresas arquitectónicas  incitan en cada encuentro.

 La experiencia sensual se proyecta y encarna en la razón y la naturaleza de estos caprichos como ocurre con el laberinto: aprovechad un despiste para recorrerlo y no encontrar la salida de esos caminos de la intimidad, a menudo lentos e irresolutos y que,  al principio, amplifican agradablemente el estar, por lo envolvente de  sus muros vegetales y frescos olores; una ligera aventura que puede convertirse inevitablemente en un intrincado problema de sensualidades sin límite. Caminos, en definitiva, siempre sinuosos y con más gozo cada vez que las interrupciones pintorescas convocan al juego  de su recorrido, hasta transformar lo que en apariencia es nada más- y nada menos- que un  país de alegorías y de adivinanzas, en un jardín excéntrico de piedras y yesos.

 Antonio Navas.

Paseo de la Alameda de Osuna.
Entrada principal por la puerta de la Plaza de El Capricho.
Tel.: 91 558 87 90 (Servicio Municipal de Parques y Jardines)

: 101, 114, 115
: El Capricho, Línea 5

Horarios
Verano: Sábados, Domingos y festivos: 9:00 a 21:00.
Invierno: Sábados, Domingos y festivos: 9:00 a 18:30

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