Tropiezos de Mercurio
“!Cómo me gustarías, oh, noche sin esas estrellas
cuya luz habla un lenguaje conocido!”.
Baudelaire, Las flores del mal.
Muy de vez en cuando, y siempre que la casualidad quiere, irrumpe a nuestro vagabundeo entre quebradizo y serpenteante, arrastrado, quizá tontamente, por el dibujo que recorren pié y mirada hundidos en la orilla, el encuentro fortuito con algo que, de “impre-visto”, ha sido arrojado desde esa grieta de equilibrios que separan memoria y olvido .
Objetos. O mejor: cosas; las cosas mismas que de pronto y all´ improviso, se nos han hecho presentes. Me apresuro entonces a decir que “hoy he tropezado con…” tal o cual cosa”. Y si resultase ser un fisionomista, me habría llevado el desvarío a analizar tan objetivamente como la cosa me permitiese, todos y cada uno de los detalles, tanto de su historia como de la mía, que hasta el momento del encuentro transcurrían tristemente por separado, pero que bastaba un instante de azar, para que cobrasen sentido único mediante la casualidad del tropiezo mismo: ¡Tropezar!
Y tropezar en esos límites o contornos de la nada, tierra y mar, “lugar del comercio más fúnebre e incesante” como decía el Sócrates de Valéry, aunque no por ello indiferente a cualquiera que sustraído en el mirar infinito, camine por esta espiral de profundidades y superficies; de certezas y de azares, de incertidumbre del existir. ¿Cuántas veces, levantando la mirada al horizonte, cada ola ha sorprendido la inquietud de nuestras manos en el barro? En ese tiempo de la marea, un tropiezo; en cada tropiezo un tiempo que nos detiene. Tropezamos para saber de cuánto tiempo estamos hechos, o al menos, que es de tiempo de lo que nos hacemos. De sobresaltos, o si se quiere, de “contratiempos” que nos hacen recobrar el sentido, o como suele decirse: “bajar de las nubes” para entrar en ese otro trance o conciencia de finitud, de ahora, conciencia de cambio: ¡Tropiezos!.
Quizá no hayamos ido muy lejos. Pero en cualquier caso, nos aseguramos que lo que ha sido arrojado por el mar, ahora va y viene en la orilla enroscándose, envolviéndose en cada pliegue de la arena, en un ir y venir que, a la par, va formando sus propios pliegues, su propia piel; unas veces recreándose en sus dobleces, otras estirándolas, desplegando toda su memoria, haciéndose, propiamente, afuera y adentro, memoria y olvido en la espiral de sus tropiezos. Cada pliegue, cada contorno, especula con los límites del cuerpo. La distancia entre ellos, confunde a la mirada, la emborrona y produce cierto espejismo, algo así como el viejo efecto de sfumato que, en cualquier caso, nos permite respirar en el plano de la pintura una espesura, un nublado, distancias… Y sin embargo, tras haber tropezado con ese cuerpo, y ya dejado atrás, no parece quedar más que su residuo, puede que hasta su sombra. Y como toda sombra, ésta, también reclama la ausencia de su cuerpo: el resto, o sea, lo que falta y no lo que sobra. Por eso, creo que nos sabe tan mal un desencuentro, porque al fin y al cabo, es su sombra la que se nos queda en la boca… Pero no vayamos ahora a perder la cabeza por una sombra, que hay otros tropiezos, aunque seguramente los menos, que vienen acompañados de la esplendorosa luz que se abre paso, cuando de pronto y sobre nuestras cabezas, desaparece el espeso nublado que cubría el cielo. Entonces se acortan las distancias, y la línea del dibujo se hace tan evidente como un desnudo de Ingres.
Líneas, borrones, tropiezos…
Otras veces, en cambio, tenemos algo tan presente que acabamos por encontrarlo prácticamente en todas partes, “hasta en la sopa” (otro lugar de tropiezos…), como las obras en Madrid y, sin embargo, nada “nuevo”. Ahora le ha tocado también a la calle Serrano: me pregunto qué mejoras necesitará con tanta urgencia una calle como esta. ¿Simple capricho? Puede ser. No sé. Aunque bien pensado, el hecho de ver en obras una arteria de divisiones como esta, que ahora quiere agrandar sus aceras,- quién sabe si para hacer más evidente su “noli me tangere” y deje entonces transitar el vértigo de toda esa preocupación económica que, de momento y con tanta pasión en su obrar, seguirá teniendo torpemente,- tiene algo de ridículo, ¿no os parece?: El Corte Inglés entre escombros. ¡Menuda broma! Aunque quizá no haya nada tan moderno, y parece que de lo moderno a lo ridículo hay tan sólo un paso, como esto otro que solemos decir entusiasmados, o engañados, quizá sin saberlo, por el oleaje del cambio: “Renovarse o morir”. O Ser modernos por fatalidad, lo mismo da. El caso es que “no nos queda otra”, habrá pensado también el ayuntamiento de Madrid. Y lo que puede ser aún peor, y que oía decir no hace mucho cada vez que se encendía la tele: “… Madrid: una ciudad de vanguardia…”
Lo miremos por donde lo miremos, las obras de una ciudad son uno de esos lugares propicios para tropezar. Es allí, en el obrar, quizá más que en ningún otro sitio, donde esté el cambio. Allí nos sentimos en la brecha, pero también advertimos que bajo todo ese asfalto, tuberías y cables, debe haber de verdad, Tierra; un poco al menos. ¡Y no digamos ya en la calle Serrano!. Aunque tengo la sensación de que en este tramo parece que hubiese que escavar muy profundo para encontrar eso que tanto ansiamos. “La tortura y el dolor de la Tierra- decía Ruskin- parecen necesarios para que saque toda su energía”. Pero alejémonos ahora de torturas y dolores, que ya hemos tenido bastante con los de Bacon, y que por suerte, nos abandonan entre los interesantes pliegues de sus fotografías. Otras veces resulta mucho más fácil y placentero cuando menos te lo propones. Aunque eso sí, suele ocurrir “muy de vez en cuando” y con la casualidad de por medio, o de lo contrario, no será: hundir el pié en el barro de la orilla, hundir el trazo de la mirada y encontrarse de pronto un guijarro. De una grieta a otra. De la orilla al bolsillo para alivio de unos dedos hasta los nervios. Otra textura más que tocar además de la doblez de la costura: el pliegue o el dorso de las cosas.
Precisamente de estas fracturas que en Madrid están por todas partes, emerge, eso que dais a ver en vuestros relatos: lugares, acontecimientos, cosas donde, según creo, palpamos. Y “palpamos”, a mi entender, porque” palpitamos”. Porque en todo palpar, en todo palpitar, hay siempre algo de premonitorio, de corazonada, como cuando acariciamos un cuerpo desnudo. “Aquí”- escribía Paul Valéry en El cementerio marino- “junto al corazón”. Decimos entonces que nos con-movemos, como nos conmueven las esculturas de Rodin, que como sabéis, no hace mucho miraban al Paseo del Prado. Y nos conmueven, al menos a mí, a pesar de que haya quien, para celebrar el acontecimiento, escriba sobre su “parecido”, y diga de éste que era más “banal y más vulgar” que Giacometti. ¡Asombroso! Sobre todo cuando para ambos, el sentir del modelado, era tan importante que nunca dejaban de tener entre manos un poco de barro, un poco de yeso que calmase la ansiedad de sus dedos febriles. Así recuerda Rilke a Rodin, Genet a Giacometti. En todo caso, diría entonces, que tanto el uno como el otro eran igualmente banales, igualmente vulgares; que sin perderse en ideas y conceptos no dejaban de tocar, tocar y tocar, como quien acaricia, una vez y otra vez más, un cuerpo desnudo. ¿O acaso en escultura uno no se mancha las manos? Banalidades, vulgaridades…
Más o menos así, banal y vulgarmente, fue como encontré el sitio del que os quería hablar, y que ya va siendo hora que os invite a descubrir. Es un lugar de encuentros. O al menos así me lo pareció el día que bajo el efecto narcótico que impide detenerse al paseante, casualmente, pasaba por allí. Según creía entonces, este sedante tenía que ser por una especie de impulso o instinto de vuelo, que nos proporciona la certidumbre de una libertad aérea sin vértigos, aunque no por ello, ni mucho menos, carente de dinamismo. Acabé cayendo en la cuenta, de que en este sentido, la experiencia más primitiva es la del ala en el talón: Mercurio.” El impulso de vuelo está en los pies”, me dije, y el vuelo cobra sentido en todos y cada uno de sus pasos, en la caída de cada uno de ellos, en cada pisada, en cada huella, en cada “con-tacto” ,de la misma manera que ahora cae el lápiz sobre el papel, cada ojo en cada letra… Es más, puesto que el vuelo cobra sentido en la caída, cabría decir que porque caigo, entonces vuelo. O dicho de otro modo: se vuela al caer. Y si bien es cierto, que si hay alguien que ha caído, ese ha sido Ícaro. Si hay alguien que de verdad ha volado, ese es Mercurio. Porque él, Mercurio, es quien transita, y quien, en su tránsito y sin avisar, de pronto, aparece. El mensaje, que quizás ahora no nos importe tanto, se hace presente, cobra forma; y su transitar, sentido. Este sentido recobrado de su existencia tiene lugar en el hecho de tropezar, en un instante, “con tal o cual cosa”: todo el vivir pendiente de un solo punto, que es a su vez, infinito.
Pues bien, a lo que iba: el caso es, que este despiste me hizo acabar por ¡tropezar! al final de la calle Esperanza con una puerta blanca entreabierta y que, tras unas rejas de aluminio, el viento cerraba. Llamé al timbre y mientras estaba dentro me repetía eso que siempre suelo decir, que “dónde hay un trapero hay esperanza”. ¿Azar, casualidad, olfato?
Se trata de una casa-local donde estar un rato, sentarse a tomar un café, tomar algo… Sin licencia y sin nombre, os podéis imaginar cómo está amueblada: mesas, sofás y sillas recogidas de la calle o justamente, de la basura. Igual que la costa, otro lugar de comercio fúnebre e incesante donde las cosas pierden el nombre, pero que estos “traperos”, han logrado recuperar. Y aunque no las hayan liberado por completo de su servidumbre, sí al menos, han sabido devolverlas a su “estar”.
A pesar de que ahí dentro no pase nada, es un sitio moderno y como todo lo moderno, no sólo es sorprendente, sino que en cierto modo, también es desconocido, y por desconocido, desconcertante. Porque la modernidad, la novedad, no debe ser otra cosa que una “noche sin estrellas”, o al menos, sin “esas”, las del lenguaje del que nos habla Baudelaire. Y sin embargo, no por ello, ni mucho menos, carente de luz aunque en este caso se trate más bien de penumbra.
Pero es cierto, que a pesar del brillo de lo nuevo, cuesta, sin embargo, imaginar una noche sin estrellas. Alguien dirá, y con cierta razón, que en Madrid ya estamos acostumbrados… Pero éste, es uno de los pocos lugares en los que he podido ver el despliegue y repliegue del lenguaje hasta convertirse en plano, en afuera, en memoria absoluta y en olvido. Es así como me explico que en esta noche, ya sin estrellas, su afuera sea inactual; es decir, que se viva intempestivamente en el presente, dejando que el ayer sea ayer y el mañana, mañana. Mientras que al mismo tiempo alberga en su adentro los residuos de lo moderno, que de una manera o de otra, han ido a parar allí para ocupar un espacio, un “estar” en la sombra.
Una última cosa para terminar , a cerca de este lugar de pliegues y sin nombre, y supongo que al no tener nombre, tampoco límites: que al llamar para entrar, ¡se enciende una bombilla! ¡Sorprendente! Porque claro, ¿qué casa se concibe sin lámpara, qué lámpara sin casa? Las lámparas como la llama de una vela son lugares a los que volvemos, lugares que convocan un tropiezo, un nuevo encuentro. Basta un instante para que las sombras en el techo amplíen los límites, y las imágenes sean - como escribió Franz Marc- “un emerger en otro lugar”.
Desde este otro, y de momento, hasta aquí. Pues, quién sabe qué es lo que nos hace detenernos, y encontrar algo o a alguien en mitad de una calle de este “Madrid0”; de esta ciudad de encuentros ocasionales, de tropiezos, donde sin saber porqué, hay quien se empeña en ensanchar las distancias, o en acortarlas, como decía más arriba, cuando se abre el cielo por una suerte, siempre inexplicable, de “campos magnéticos” o de “dictados mágicos”… Así que, como Rodin o Giacometti con la arcilla, manoseado, arrojo de nuevo el objeto , la cosa al mar de dónde provenía; para que, cuando por azar regrese de nuevo a la orilla, alguno de vosotros la encuentre, llame al timbre, y entonces, se encienda la luz.
Antonio Navas.
Abren a eso de las ocho.
C/Esperanza, s/n.
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